
Todo llegó demasiado tarde
Coia no cambió de golpe. Cambió poco a poco, casi sin que nadie pudiera señalar el momento exacto en el que todo empezó a torcerse.
Primero fue la precariedad. Después, el silencio. Y más tarde, una crisis que atravesó a toda una generación.
En los años 80 y 90, muchos hablaron de una “generación perdida”: jóvenes marcados por la falta de oportunidades y por una realidad que llegó antes que cualquier futuro posible.

Galicia bajo la herida de la heroína
Entre finales de los años 70 y los 90, España vivió la mayor crisis de heroína de su historia. Según el Plan Nacional sobre Drogas, el consumo problemático se expandió especialmente en entornos urbanos vulnerables y zonas obreras.
Galicia fue una de las comunidades más afectadas. Distintos estudios sanitarios y sociales sitúan a la región entre las de mayor impacto del Estado en mortalidad asociada al consumo de drogas en los años 80 y 90.
En ese contexto, Vigo fue uno de los focos urbanos principales. Barrios como Coia, Teis o O Calvario concentraron parte de esa realidad.

Periódico presentado durante el homenaje a "Nais contra as drogas" (Érguete)
En los años 80, el desempleo juvenil en España superaba el 30% (INE en crisis económicas de la década), y en Galicia la reconversión industrial —especialmente en el sector naval— dejó a miles de trabajadores sin estabilidad. La heroína llegó a ese vacío. No fue un fenómeno aislado. Fue una crisis social instalada en un contexto de fragilidad estructural.
Urbanismo y precariedad

Coia es un producto directo del urbanismo acelerado del desarrollismo español.
Pero el urbanismo no fue solo una solución habitacional. También fue una forma de organizar la vulnerabilidad.
Bloques de alta densidad, espacios intermedios sin uso definido, y una separación física del centro urbano contribuyeron a crear un entorno donde la vida comunitaria tuvo que construirse después del espacio.Este modelo no es exclusivo de Coia. En España, otras periferias urbanas nacidas en contextos similares —como Polígono Sur (Sevilla), La Mina (Barcelona) o Villaverde (Madrid)— han mostrado patrones parecidos: concentración de vivienda social, falta inicial de equipamientos y procesos posteriores de vulnerabilidad social.
En estos entornos, la combinación de desempleo, juventud sin alternativas y ausencia de planificación social completa generó condiciones de riesgo estructural.
Fotografía de los bloques en los años 80
Sin una respuesta a tiempo
La expansión de la heroína no encontró una respuesta institucional inmediata ni homogénea.
Durante gran parte de los años 80, las políticas públicas de prevención y tratamiento eran todavía incipientes. La intervención llegó de forma progresiva, cuando la crisis ya estaba instalada en muchos barrios. En Coia, como en otros puntos de Vigo, la vida cotidiana se reorganizó en paralelo a esa ausencia: redes vecinales, asociaciones, centros sociales y movimientos de madres contra la droga comenzaron a actuar donde el sistema no llegaba. En Galicia, organizaciones como Érguete (fundada en 1985) se convirtieron en referentes sociales en la denuncia del narcotráfico y el acompañamiento a familias afectadas.

Carmen Cochón
Exdirectora del centro Social de Coia
En los años más duros, el Centro Social de Coia fue mucho más que un espacio institucional: fue un reflejo directo de la realidad del barrio. “La idea era que fuese un centro de mayores, pero la realidad era otra”, explica Carmen Cochon, antigua directora del centro. Entre sus usuarios convivían personas mayores, un importante colectivo de amas de casa con hijos ya criados y una numerosa población joven que no tenía espacios propios ni oportunidades de ocupación. “Muchos jóvenes trapicheaban o se enfrentaban a la autoridad, pero todos los colectivos convivían en una especie de pacto de silencio”, recuerda.
Carmen en el Centro socio-comunitario de Coia | Cedida
A pesar de las dificultades, el centro apostó por construir comunidad. Las mujeres tuvieron un papel fundamental en ese proceso. “Llenaron el centro de actividad, de participación y de ganas de descubrir cosas nuevas”, explica Carmen. Su actitud abierta y tolerante ayudó a generar espacios de convivencia entre personas con realidades muy distintas. “La forma de contrarrestar aquella situación era atraer a gente con interés por hacer barrio”. Poco a poco, a través de actividades, talleres y encuentros, comenzó a surgir una dinámica diferente basada en el respeto mutuo.
Porque, como resume ella misma, ese era el objetivo: “nosotros lo que intentábamos era hacer barrio”. Y en medio de una etapa marcada por las dificultades sociales, el Centro Social de Coia se convirtió en uno de los lugares donde empezaron a tejerse nuevas relaciones vecinales.
Aquellos primeros años fueron especialmente complejos. En el centro coexistían las amenazas encubiertas y las tensiones propias de la época con actividades que fomentaban la convivencia y la participación. Esa mezcla de realidades llegó a reflejarse incluso en los grupos que se formaban dentro del propio centro. “En nuestro grupo de teatro llegaron a coincidir un guardia civil y un conocido delincuente que estaba cumpliendo medidas penitenciarias”, recuerda Carmen. Una imagen que resume la singularidad de un espacio donde personas de procedencias y trayectorias muy diferentes encontraron un lugar común.
“Era un espacio abierto a toda la sociedad
¿Eres de Coia?
Con el paso del tiempo, Coia dejó de ser solo un espacio urbano para convertirse también en una narrativa. La repetición de discursos sobre droga, conflicto o inseguridad contribuyó a construir una imagen simplificada del barrio, muchas veces desconectada de su realidad cotidiana.
Este fenómeno de estigmatización territorial no fue exclusivo. En España, barrios como Polígono Sur, La Mina o ciertas zonas de Vallecas han sufrido procesos similares, donde la complejidad social se reduce a una etiqueta.
El resultado no es solo simbólico. El estigma condiciona oportunidades, percepciones externas y, en muchos casos, la forma en la que un territorio es leído incluso décadas después.