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Escucha el barrio

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​Antes de que todo esto fueran bloques y avenidas, Coia era una parroquia en los márgenes de Vigo, un lugar de casas dispersas, huertas y caminos de tierra donde la vida iba más despacio y los vecinos se conocían por nombre y por historia. No había planos ni prisas, solo un territorio que crecía a su ritmo, pegado a la tierra y a una forma de vida que hoy ya casi no se ve, pero que sigue ahí, escondida debajo de todo lo demás.

Antes del barrio

A principios del siglo XX la vida en Vigo giraba al ritmo de las estaciones, los ciclos de siembra y la cosecha, y cada pequeño detalle del día estaba tejido con la rutina del campo. Aquí no había edificios ni calles rectas; todo crecía orgánico, imperfecto, con la naturaleza marcando los tiempos.

Raíces de mar y tierra

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Vigo empezó a moverse a otro ritmo: fábricas, astilleros, cadenas de montaje. Trabajo constante. La ciudad se convirtió en un imán para quienes buscaban una oportunidad. El problema ya no era llegar, era encontrar sitio en una ciudad que crecía más rápido de lo que podía organizarse.

El ruido que cambió todo

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Raíces de mar y tierra

En esa época, Vigo era una ciudad en transición, marcada por su actividad portuaria, la pesca y algunos talleres industriales dispersos. La población urbana crecía lentamente, y la vida seguía ligada al comercio, al puerto y a la relación directa con el mar. Aún se percibía la distancia con las parroquias rurales, que mantenían un ritmo de vida más lento y dependiente de la tierra y los ciclos agrícolas.

Coia era una parroquia semirrural, un mosaico de casas dispersas, huertas, corrales y caminos que seguían la curva natural del terreno. Hasta mediados del siglo XX, sus vecinos vivían de la tierra: sembraban patatas, maíz y hortalizas; criaban animales; compartían herramientas y vivencias; se ayudaban en las cosechas y en los festivos locales. La comunidad era cerrada pero viva, donde todos sabían los nombres de todos, y cada gesto cotidiano formaba parte de un tejido social que ningún plan urbano podría recrear.

Vigo, mientras tanto, era una ciudad en transformación lenta: su puerto tiraba del comercio y la pesca, los talleres crecían, y el olor a sal se mezclaba con el humo de los primeros hornos. Pero la ciudad aún no podía competir con la cadencia del campo; seguía marcada por su historia, y Coia era su reflejo: pausado, imperfecto, auténtico.

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Coia antes de convertirse en el actual polígono

Cedida: Diego Lores

Playa de Coia (actual R. Tomás Alonso)

Cedida: Diego Lores

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Primer plano del suelo

Coia tiene un origen claramente rural. Hasta mediados del siglo XX, este territorio funcionaba como una parroquia periférica de Vigo, formada por viviendas dispersas, pequeñas explotaciones agrícolas y una forma de vida profundamente vinculada a la tierra.

Este equilibrio comenzó a romperse en la década de 1960 con el éxodo rural. La falta de oportunidades en el campo, sumada al crecimiento económico de las ciudades, provocó un desplazamiento masivo de población hacia núcleos urbanos.​

Antes del barrio

Vigo se convirtió en uno de los principales destinos de ese movimiento.​ Miles de personas llegaron buscando empleo, estabilidad y mejores condiciones de vida. Sin embargo, la ciudad no estaba preparada para absorber ese crecimiento de forma ordenada. En ese contexto, Coia dejó de ser campo para convertirse en suelo disponible.​

 

Un espacio en transición que pronto pasaría a formar parte de la expansión urbana.

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El ruido que cambió todo

El crecimiento de Vigo en los años 60 está directamente vinculado a su proceso de industrialización.

 

La implantación de grandes empresas, como Citroën o Vulcano, junto con el desarrollo del sector naval, transformaron la ciudad en uno de los principales polos industriales del noroeste peninsular.

 

Este impulso generó una demanda constante de mano de obra, acelerando todavía más la llegada de población. La ciudad empezó a estructurarse en torno al trabajo industrial: turnos, producción continua, ritmos marcados por la fábrica. Sin embargo, este crecimiento no vino acompañado de una planificación urbana capaz de sostenerlo. La consecuencia fue inmediata: una presión creciente sobre la vivienda. Había empleo.

Había oportunidades.​ Pero no había espacio suficiente para vivir.​ Ahí es donde empieza a construirse el problema urbano.

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Tu historia también es Coia

Coia también son las historias que no se cuentan y las vivencias que siguen vivas en quienes las han vivido.

Si tienes un recuerdo, una anécdota o algo que quieras compartir, este espacio también es para ti.

“Cuéntanos una experiencia, recuerdo, vivencia o reflexión relacionada con el barrio. No hay extensión mínima ni máxima.”

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